Massachusetts Welcomes You

Tito Martín

Creo que en todas las infancias hay tierras míticas, aunque no es una hipótesis que me haya puesto a comprobar. En mi caso, había tres: Chol Chol, en el sur, de donde vino mi bisabuelo paterno antes de aterrizar en Quillota; Atenas, donde había terminado un tío muy querido para mi madre, luego de su odisea en barcos mercantes; y Boston, donde estaba parte de mi familia paterna: mi abuelo y mi tía. La primera la visité cuando niño y allí presencié la faena de un cordero y bebí ñachi con tíos y primos. Atenas sigue siendo una esperanza. Y ahora voy camino a Massachusetts. 

Antes hubo un viaje frustrado a Estados Unidos. Con un amigo iríamos este abril a cortar cogollos a California, como casi doscientos años antes se fueron otros a buscar oro, preparados para todo. Una prima suya nos recibiría, pero diez días antes se cerró la frontera y luego el tiempo nos abandonó. Mi amigo se fue a Brasil y yo me quedé en Chile. 

Meses después, en agosto, mi padre me pregunta, a través de mi tía, si podemos hablar. Son casi siete años de silencio. Me quedo unos días meditando la respuesta. 

A pesar de no haberlo visto ni hablado con él en todo este tiempo, nos encontramos muchas veces, más de las que yo hubiera querido, en mis sueños. Era siempre el mismo guion: mi padre me decía o hacía algo que me sacaba de quicio y yo comenzaba a gritarle y a veces a pegarle, hasta que me despertaba con un sentimiento de angustia y adrenalina.

Nos juntamos y, a raíz de eso, unas semanas después tengo unos pasajes hacia Nueva York. Voy a quedarme con mi abuelo, el padre del padre, en Peabody, una ciudad del Gran Boston. Me acompañan unos libros y un dolor muscular que ha resistido la flojera de los doctores. No me la voy a sacar barata. 

* * *

Siempre quise saber cómo era viajar en avión. Ahora pienso que, sin ser nada terrorífico, es bastante desagradable. La gente está más achoclonada que en un bus y, si no se está, literalmente, al lado de la ventanilla, no hay nada que ver. Hay algo extraño en la estética de la aerolínea que me recuerda a Brazil de Terry Gilliam, las pantallas de los asientos que muestran hermosos paisajes, playas, palmeras, hermosas personas sonriendo, una voz que nos anuncia que llegaremos a una suerte de paraíso, que el paraíso mismo es el viaje y las azafatas nuestros ángeles que cuidan nuestro paso por el cielo. 

Cuando duermo mal, mi mente se torna más autoagresiva que de costumbre. Al llegar a Panamá para la escala, ya la angustia y la ansiedad me dominan totalmente. Estoy sudando, con hambre y con miedo de que cualquier cosa pueda pasar. Mi cabeza es como el tráfico para salir de Santiago un día viernes. El dolor muscular en mi espalda y en el resto de mi cuerpo es insoportable y solo quiero llegar o morir en el intento. Unos meses atrás estaba solo en una casa ajena mirando el techo de la pieza, preguntándome qué iba a ser de mi vida. Ahora me encuentro viajando al otro extremo del continente, y con los dolores de la familia y el cuerpo encima

En el segundo avión va a mi lado una mujer con su hija de más o menos cinco años. La niña no para de moverse ni de hablar. Jesus Christ Maria calm yourself down! Come on!, le dice su madre, en un acento a lo Sofía Vergara que contrasta con el que usa para dirigirse a mí, un español chileno inconfundible. Su hija no se cansa en todo el viaje y ni su mamá ni yo damos más. Aterrizamos a eso de las 00:20 del 15 de octubre.

Al llegar al John F. Kennedy, me dirijo a hacer el trámite de entrada. Me preparo para un interrogatorio exhaustivo. Con mi amigo, meses atrás, ensayamos muchas veces este momento. Íbamos a decir que éramos pareja, que no nos conocíamos, que íbamos por temas artísticos, que íbamos por temas estudiantiles. Ahora no tengo que mentir, pero resulta intimidante de todas maneras. Sin embargo, el oficial Jones me deja pasar en menos de dos minutos. Intercambiamos unas palabras en inglés y me despide con un have a good time. 

Son cerca de las 1:00 a.m. y, mientras espero mi maleta, pienso en cómo voy a llegar al Airbnb. La chilena compañera del viaje me dice que pruebe con un Uber, que tomar el metro no es buena idea. Veo el precio, no es tanto. Salgo del aeropuerto y el wifi se apaga. Un policía no me permite volver a entrar. Un tipo afroamericano con trenzas me pregunta ¿Taxi? El precio que me indica es mucho mayor al que vi hace unos minutos. Me muestra la cifra en la misma aplicación. Le pregunto por qué tanta diferencia. Me dice que ahora hay más pedidos, por eso subió. 

Después de un intento de regateo y una misión fallida para irnos con más pasajeros y, así, bajar el precio, me dice que probemos en otra salida del aeropuerto recoger más gente. Mientras subimos las maletas, lo miro y le pregunto Is everything alright? Él entiende que mi pregunta es: ¿no me estás cagando cierto? El taxista me replica You good man! Nos subimos al auto y enciende su radio. Está escuchando Wu Tang Clan. Le digo “oh, cool, Wu Tang”, pero parece no escucharme. Llegamos prontamente a la otra salida, se baja y me deja solo en su auto encendido. Trato de ordenar mis pensamientos. Es un buen auto. Si fuera un tipo penca, pienso, no me dejaría estar solo en él. Luego pienso en la inutilidad de la pregunta que le hice. Siempre hago ese tipo de preguntas. La ocasión más repetida: comprando paltas. ¿Están cremosas cierto? ¿No están hilachentas cierto? Sí, cremositas, casero, lléveselas, si toda la gente se las está llevando. Obviamente, siempre me mienten. Siempre me cagan. Pero aquí no están solo en juego un par de paltas.

Pasa un rato, no lo veo por ninguna parte desde mi ventana. El cortisol empieza a apoderarse de mi cuerpo y de mi mente. ¿Y si me bajo y saco mis maletas nomás? Lo pienso. Pasado un rato, lo intento. Los pestillos no se pueden abrir. Finalmente, después de un intervalo que me pareció eterno, pero que probablemente hayan sido un par de minutos, vuelve. No good man me dice mientras enciende su auto. Le pregunto qué hacemos entonces. Me dice que me puede llevar por la oferta inicial, que era unos dólares más baja de lo que marcaba la aplicación. Pienso en bajarme. No quiero gastar todo ese dinero. Pero, ¿qué otra opción tengo? No hay internet, no conozco nada, no me queda otra. Acepto.

Al partir, pienso en una estrategia para evitar cualquier mal escenario. Hablar. Cómo te llamas, cómo me llamo. W-Kay. Su familia era de Jamaica, pero él era estadounidense. Me dice que pensó que yo era puertorriqueño. No se ven muchos latinos que hablen inglés, me dice. Le cuento a qué vengo. Hablamos del coronavirus. Le cuento la experiencia chilena. No la puede creer. Luego me confiesa que durante la cuarentena tocaba como DJ en fiestas clandestinas. Okey, el tiempo se pasa rápido y creo que algo bien le logro caer a W-Kay. Quizás eso y una mezcla de lástima por el estado paupérrimo en el que estoy. Me ayuda a poner el código en la puerta de la casa y nos despedimos. Llego a la habitación y caigo muerto. Son las 2:00 a.m. y hace un calor terrible. Aviso a mis seres queridos que estoy vivo. Quisiera dormirme enseguida, pero el cortisol no desea irse todavía. Me costará dos horas poder cerrar los ojos.

* * *

Al otro día debía ir desde Queens a Penn Station para tomar un bus a las 03:00 hrs p.m. Salgo a las 11:00 a.m. Hago capturas de pantalla en Google Maps para guiarme. Pero afuera rápidamente me pierdo. Debo cruzar un parque que se veía al lado, pero me demoro entre vuelta y vuelta casi media hora en encontrarlo. Era un barrio de bonitas casas, mayormente asiático y latino. En sus jardines estaban tiernas las matas de pak choi y zapallo que se trepaban por todos lados. Como una ayuda divina, Maps marca mi ubicación sin internet, así que a cada minuto voy comparando dónde estoy y dónde debería estar. En el parque me compro unos tacos que estaban mortales. Las ardillas están por decenas y todo parece muy tranquilo. Me dicen que estoy cerca de la estación de tren. Logro tomarlo a eso de las 12:20 p.m. 

Todos dicen que en los trenes de Nueva York se puede ver cualquier cosa, a cualquier hora del día. Me bastó solo un viaje para comprobarlo. En este vagón iba un afroamericano con un polerón de Friends caminando hacia el centro del vagón y de vuelta, durante todo el viaje, que era casi la línea completa. Suelta carcajadas y se golpea las manos. Es perturbador, pero las pocas personas que están ahí parecen no preocuparse. 

Llego a Penn Station y me pierdo por Manhattan. Todo se ve muy ¿grande? Las calles llenas de personas y de colores led, imágenes que acompañan como tótems tutelares las caminatas de los neoyorquinos. Nuevas series de tv, nuevos productos, shows, etcétera. La aurora de Nueva York gime.

En el Porth Authority hay treinta minutos de wifi gratis. El mismo ritual: avisar que estoy vivo. Me queda una hora todavía para tomar el bus. Decidí volver a la calle y comprarme un hot dog, un agua y The New Yorker. Todo es caro, y el hot dog mediocre. Las señoras latinas del carrito en Queens: infinitamente superiores. Estoy finalmente en el último eslabón para llegar a Boston, o eso creo, el bus gringo. Trato de aprovechar y ver más  Manhattan, pero el sueño me vence. Cuando despierto, parece que no estamos tan lejos. Me cuelgo del wifi del bus y veo que efectivamente no hemos avanzado nada. Hay un taco gigante. 

Los buses de EEUU no son nada especial, salvo quizás por su wifi de mala calidad. En un momento, el conductor hace mal un giro y choca con la acera que separa la carretera. Hay lagos y ríos por doquier, y los bosques son frondosos y comienzan a pintarse en paletas de otoño. Gente viene de todos los lugares del país a este estado precisamente para ver los bosques rojos, amarillos y verdes. 

Llego a Boston dos horas más tarde de lo que esperaba y debo tomar un Uber porque mi abuelo no puede manejar de noche. Me cuelgo nuevamente del wifi del bus, que se queda un rato en el paradero (al parecer no hay terminal) y logro pedirlo antes que se marche. Voy en camino. Mi abuelo baja a recibirme y finalmente estoy en su casa.

* * *

La última vez que lo vi fue hace más o menos dieciséis años. Y el único recuerdo que tengo de él es cierta vez que volvíamos a mi casa en el auto de mi papá, después de ver un clásico entre la U y el Colo, los dos iban discutiendo de política. En un momento me miró y me dijo ¿sabes cuál es mi única bandera? Esta. Y me muestra un dólar.  

El resto de su presencia estaba conformado por ciertos pedazos de historia que esencialmente se resumían en una gran ausencia. Mi madre, por ejemplo, me contaba que cuando llevaban poco tiempo juntos, mi papá decidió llamarlo para pedirle un poco de dinero para comprar una soldadora. El abuelo respondió que okey, pero que este era el dinero que él pensaba llevar a EEUU (una vaga promesa) y que no se “tomara” la plata. 

Mi abuelo parecía despreciar a mi padre y él lo despreciaba de vuelta. Esto lo comencé a sospechar desde pequeño. Lo intuí por la obsesión de mi padre, que fácilmente llegaba al absurdo, con EEUU. Muchas veces comenzaba a darme una lata gigante cuando me veía escuchando una canción en inglés. Pero no se detenía ahí, incluso si el idioma era español, pero la canción tenía guitarras eléctricas, era imperialismo. Al principio pensaba que solo era su pensamiento político, pero cuando entendí un poco de la historia con mi abuelo supe que había algo más. Uno debía protegerse y estar atento al más mínimo atisbo, por rebuscado que fuera, del Imperialismo. 

Qué difícil es trazar dónde termina la política y dónde nacen los traumas de la familia, porque lo uno y lo otro se cruzan constantemente. En uno de los arrebatos de ira que tuvo mi padre conmigo hace años, me acusó de ser un desclasado, de creerme cuico ahora por tener amigos con plata. Para él era una traición que no quisiera ser miembro del Partido. En el colegio católico y conservador donde él y mi madre decidieron ponerme era, en cambio, “el comunista”. Una sombra se empezó a erigir sobre mí: nunca era suficiente lo que hiciera, siempre había un sentimiento de insuficiencia, como si dependiera de mí realizar un acto inimaginable que cambiaría todo a nivel social y quizás así lograría el respeto y la aceptación de mi padre. 

El departamento de mi abuelo es amplio y bien amueblado, la casa huele como a detergente de ropa y yo me siento con litros de sueño, sudor y dolor encima. Me hornea un sándwich de berenjena delicioso. Hablamos un poco y luego nos ponemos a avisar que todo está bien. Mi tía me llama: está llorando. 

* * *

Mi tía vive a un par de horas hacia el sur de Boston. Se fue de Chile a los trece años. Ahora tiene cincuenta y tantos. Mi padre se quedó solo entonces en Quillota. Los dos eran muy unidos. Ella es su hermana mayor. Cuando yo era niño, vino tres o cuatro veces a Chile. Probablemente sean algunos de los recuerdos más alegres de mi infancia. No por todas las cosas que pude disfrutar, como niño pobre, por única vez, sino por el amor excesivo que no había conocido y no lograba entender. La primera vez llegó con su novia. Las dos me regalonearon a más no poder. Cuando volvió a EEUU, solíamos hablar harto rato por teléfono. La admiraba. Tenía un corte de pelo punk y era DJ. Me regaló el primer casete de Gorillaz y un póster de los mismos. Ella era cool. Pero en algún momento, súbito para mí, dejamos de hablar. Muchos años después me volvió a buscar, trató de explicarme que muchas cosas pasaron, aunque no entendí bien qué cosas. Traté de ser gentil, aunque en el fondo había un dolor en mí que no quería ser revivido. A esas alturas, también llevaba años sin hablar con mi padre, y aquella parte de mi ascendencia se empezaba a oscurecer para siempre, creía yo. 

Había algo en su voz que me hablaba de una culpa y de una pena profunda. No quería hacer esa pena más profunda, así que respondía a sus llamados, aunque fuera todo extraño. Ahora hago los cálculos y creo entender que sucedió. A comienzos del 2019, y justo en el momento en que mi abuelo se encontraba de visita en Chile, el hijo que tuvo en EEUU falleció por una sobredosis. Mi mamá me dijo que nunca había visto a mi papá tan distinto. Yo apenas sabía el nombre de este tío: Marcelo. Luego de eso, los problemas que mi papá solía generar comenzaron a disminuir y mi tía me comenzó a llamar. 

Durante 2020 hablamos un poco más, me dijo que quería llevarme a EEUU, que se iba a mudar pronto y que quería arrendar algo con una pieza extra para que yo estuviera allí. Le dije que sonaba bien, pero de la forma en que uno dice que bueno a cosas que sabe no van a pasar. A comienzos de 2021, luego de una pelea con mi madre que nos dejaría varios meses sin hablar, me fui de mi casa y llegué cómo allegado donde la madrina de una amiga que me había agarrado cariño. Entonces mi tía volvió a ser un apoyo. Volvemos a conversar, me ayuda con algunos gastos médicos. Ahora siempre suena cansada. Trabaja en un hospital y su vida se resume a eso y a ver algunos partidos de la Premier League y Netflix. Entre cosas que me vuelve a repetir, y que yo finjo no haber escuchado antes, me cuenta episodios de su vida: sus años perdidos cuando tuvo que irse de su casa debido a que la relación con el abuelo se quebró luego de su salida del closet, los problemas con las drogas, la soledad y lo difícil de todo. Pero vuelve a la conciliación, me dice que ella perdona y que estaría bien que fuera donde el abuelo, porque ella ve cada vez más difícil cambiarse pronto. Que a él le hará bien tener compañía, porque ha estado solo desde que Marcelo falleció. Aún con todas estas conversaciones, lo que ha pasado con ella durante todos estos años sigue siendo un misterio.

* * *

Mi abuelo tiene un aire a Tom Jones y una voz grave. Yo soy mucho más pequeño que él. Está medio sordo y constantemente me pide que hable más fuerte. En Chile mis amigos me dicen que hable más despacio. Me dice que desde mañana solo debemos hablar inglés, pero lo olvida en breve.  Le pregunta cosas a su Apple Watch y se frustra ante el robot que se niega a entenderle su inglés. Toca la bocina y les dice fucking idiot a algunos automóviles. Trabaja algunos días a la semana de estilista. Le gusta ver televisión a un volumen extremo y cocinar. A mí también me gusta cocinar. Hablamos de eso. Me explica cómo funciona el baseball. Lo entiendo un poco, pero lo sigo encontrando aburridísimo. Me explica el football. Esto me parece más entretenido, pero no mucho. Cuando era muy, muy chico, no encontraba ninguna simpatía por el deporte. Pensaba que era estúpido el fútbol. Yo creo, entonces, que un músculo de supervivencia se activó y de pronto lo entendí. Era una de las cosas que podíamos compartir con mi padre, mi tía y mi abuelo. 

En la pieza que me entrega hay un retrato de Marcelo. La primera noche la debo voltear. Un rostro tiene un poder muy fuerte, en especial en esa circunstancia. Al día siguiente me subo en el auto, vamos al supermercado y después llegamos a un cementerio. Visitamos la tumba de Marcelo. Tenía treinta y cinco años al momento de partir. Mi abuelo me habla de él, me cuenta que era fan del Real Madrid, que estuvieron en el Bernabéu los dos (una parte de la familia de mi abuelo emigró a Madrid). Piensa que los dos nos hubiéramos llevado muy bien. Me dice que era alguien muy alegre, muy esto, muy lo otro, he was freakin’ everything. Le digo que me hubiera gustado conocerlo, no por mera cortesía sino porque realmente lo siento. Le toco el hombro mientras mira la tumba. Lo hace de vuelta. 

Los cementerios están por doquier. Al frente de la casa de mi abuelo hay uno, un poco más allá, otro, y así. A veces son grandes, otros, un pequeño trozo de tierra donde hay tres o cuatro tumbas. Las tumbas a veces pierden las inscripciones y solo se puede leer Beloved Father, Beloved Mother, 1897, cosas así. Me sorprende y me gusta. Pienso que es bueno tener a los muertos al lado de los vivos. 

Peabody es un clásico suburbio gringo, es decir, un lugar principalmente residencial. Hay muchos árboles y pasto, el centro es solo una calle donde está la biblioteca y algunos restaurantes. Las casas son como las del cuadro Tarde de Verano de Edward Hopper, pero no logro ver ninguna pareja melancólica en el porche, será porque ahora son tardes de otoño. La gente es amable, en la calle te desean un buen día o te preguntan it ‘s such a beautiful day, isn’t it? Mi abuelo me lleva a recorrer los alrededores, bosques, canales y un faro que me recuerda a otra pintura de Hopper.

Una mañana mi abuelo me dice que no sabe muy bien por qué yo y mi papá dejamos de hablar. Más bien yo dejé de hablar con él, le explico. Le cuento en forma general las cosas que pasaron, los arranques de ira que solía tener, algunas cosas que me decía. Lo noto impactado. Claramente, no sabía nada. Le pregunto cómo están las cosas entre ellos dos. Me dice que mejor desde la primera vez que volvió a Chile. Que han podido hablar más. Me pregunta lo mismo de vuelta. Le digo que hemos hablado desde hace un par de meses, pero que no le voy a mentir, no es fácil para mí. Le digo que al parecer desde que falleció Marcelo algo sucedió con él. Me dice que piensa que quizás algo bueno pudo haber provocado la muerte de su hijo, que quizás mi padre vio que uno podía perder a sus seres queridos así, que la vida es frágil. Me cuenta que su padre, mi bisabuelo, nunca lo conoció, y que su madre nunca le mostró cariño alguno, que tenía un desprecio gigante hacia él. Ella falleció cuando mi abuelo tenía siete. 

Quillota es una ciudad chica, pero no tanto como para no impactarse de que mi abuelo haya crecido dos casas al lado de la mía, que era la casa de la matriarca de mi familia materna. Me cuenta cosas de la población de esos tiempos, me pregunta por esta u otra persona, algunas las alcancé a conocer, otras no. Me dice que fueron bonitos tiempos. Que no tenían nada para comer pero que eran felices. Un leitmotiv de la música country gringa: from rags to riches. De la pobreza a la riqueza. Mi abuelo ve su historia como esos milagros, como de una población obrera en una provincia perdida del sur del mundo llegó a tener (u arrendar) un lugar decente en Massachusetts. Claro, esa no es la riqueza de la que hablan aquí. Pero él se siente american. Bueno, dos tercios de su vida los ha vivido aquí. Un día conversando me dice: no me importa if you, guys, are communists. Le iba a contestar que no soy precisamente comunista, pero qué importa. Por sobre todo, mi abuelo cree en la máxima estadounidense del live and let die. Prácticamente termina todas las cosas que me dice con un “solo si quieres, es cosa tuya”

Días después vivo un momento incómodo. Mi abuelo me da una lata absurda sobre la plata. Salgo a caminar y me siento herido. Le mando un mensaje de voz a mi papá para contarle y preguntarle qué opina, ya que lo conoce más que yo. Él parte el suyo con una risa que termina en un suspiro, me dice que no le extraña, pero que él tampoco lo conoce mucho, que probablemente lo haya visto cincuenta días en toda su vida. Pienso que es algo triste de decir. Luego trata de racionalizar la situación, verlo desde una perspectiva política. Me quedo pensando en el abandono, del abandono, del abandono. Mi padre por ahí botado, no querido por su madre ni su padre, creciendo en un país frío y duro. 

* * *

En los días en que estuve pensando si aceptar o no la invitación de mi padre para hablar, dos meses atrás, me imaginé actuando como lo solía hacer en mis sueños. Diciéndole esto, o lo otro, poseído por una rabia que no se agotaba, porque siempre se podía encontrar otro episodio para recargarla. Y me veía al final de ese monólogo con un sentimiento vacío, con la inutilidad de empuñar un cuchillo que no quería tener en mi mano, realmente.

Lo esperé en el patio de un café. Lo vi llegar por el reflejo de la ventana. Estaba viejo, se notaba que los años le habían pasado, tenía menos pelo y lo que le quedaba se empezaba a teñir de blanco. Luego de algunas preguntas sobre mi vida, me dice que él quisiera que pudiéramos tener una relación de nuevo. Que él ahora tiene dos hijas y que le gustaría que me conocieran. Que creía que no nos hacía bien que estuviéramos separados. Le respondo que a mí sí me había hecho bien estar lejos de él, que era un peso en mi vida. 

Sin agitarme, le dije mi verdad, el dolor complejo que se componía no solo de todos los episodios de violencia sino también de la incomprensión del porqué, como si hubiera algo que uno hubiera hecho para merecerlo, y de lo mucho que esas cosas gravitaban en mi vida, las voces que se quedaban conmigo y me volvían a repetir cosas dichas por él, las trabas que volvían a aparecer en la relación con otros. Me dice que entiende que es su culpa la distancia que nos separa. Esta era una frase que nunca le había escuchado decir. Que nunca quiso hacerme daño adrede, pero que una parte de él sí creía que por ser hombre debía hacerme fuerte, porque para él el mundo era violencia. Es algo que atraviesa muchos lugares de mi vida, me dijo. Y también es machismo de mi parte… no vale la pena explicar porque no quiero justificarme. Al final me cuenta que va a llamar a mi abuelo, que él tiene una pieza disponible, que podía ir a quedarme con él y ocupar el pasaje que tenía. Escucho, no digo nada más. 

* * *

Caminando las calles de Massachusetts pienso en la luz que cae sobre las historias de mi padre, de mi tía y de mi abuelo. Una luz que alumbra un poco aquí, un poco allá. Una luz que cae sobre cuerpos con cicatrices, que todavía sangran. No logro entender qué significan esas historias para mí, pero me tocan la guata. Me pregunto, muchas veces, si habrá sido un error venir. Si no habría sido mejor nomás apretar el botón rojo del celular a las llamadas de la familia. Pero pienso en el “no sé” y en el que hay que saber para saber. Aquí donde todas las razas se juntan, donde se escuchan idiomas indescifrables en las calles, donde están las comidas de todas las tierras, me pregunto cuántas familias extrañan a los suyos, cuántos silencios los cruzan, cuántos dolores los acompañan en la búsqueda de un futuro mejor en una tierra tosca, molestosamente simple, que no entiende muchos códigos más que las reglas que se deben seguir para cumplir las cosas, para ordenar tu mente, tu corazón, tus impuestos, tu seguro médico, como si se pudieran vivir todas las vidas con unos tips y descuentos del supermercado, y me encuentro extrañando Chile como se extraña a una madre severa que no aprendió los códigos del cariño, pero a la que se necesita en su complejidad, en sus libros escondidos, en su dolor compartido, aunque ahoga tenerla cerca. Camino y pienso, mientras el otoño avanza y caen las primeras lluvias y la biblioteca pública me recibe en mi condición de perdido. 


Tito Martín / 1995 / Quillota/ Cineasta. He participado en talleres con Mauricio Redolés, Cristóbal Gaete, Verónica Jiménez. @totaemartin en Instagram.

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