The art of Banksy o como capitalizar el capitalismo

Alcides Castro

Mi madre y mi tía me invitaron a ver la exposición “The Art of Banksy”, digo esto porque o si no probablemente este texto no existiría ya que no sé si sería capaz o más bien, si hubiera estado dispuesto a gastar la cantidad de plata que cuesta la entrada. Pero bueno, eso importa poco, me invitaron y obvio que dije que sí. La exposición en cuestión está montada en algo que parece ser una carpa de un matrimonio gringo en la parte posterior del GAM.  Adentro, la muestra abre con una instalación de cartón que asemeja al abordaje de un aeropuerto, lo que asumo pretende ser irónico y disruptivo queda en una idea que siendo amables llega a ser simpática.  

Como cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la obra de Banksy sabrá, el artista anónimo hace arte callejero. Su obra, así, se inscribe en la superficie de las paredes de la ciudad, una (si no la) característica definitoria de su propuesta. Ese es el problema del montaje The Art of Banksy: no hay nada que se asemeje menos a la estética de la calle que las paredes de la exposición en las que las obras, montadas sobre un blanco absoluto, parecen estar todo el tiempo fuera de lugar, despojadas de su principal atractivo: ser disruptivas con el contexto en el que se presentan. De esta forma, asistimos a una exposición de reproducciones que parecen sucederse sin que ninguna consiga llamarnos la atención del todo. Las cuestionables elecciones curatoriales de Guillermo Quintana, sin embargo, no acaban ahí, una muestra de esto es la presencia de una instalación —un baño destruido por las típicas ratas de Banksy— que, al funcionar en una habitación dentro de la exposición podría haber permitido ingresar en ella; resulta inentendible entonces la decisión de cerrar el paso a los visitantes perdiendo así la única posibilidad de involucrarnos realmente en la exposición cosa que, dicho sea de paso, tampoco hubiera sido para volverse locos. El resto de las instalaciones más allá de su espectacularidad y gran factura técnica no aportan nada más que la repetición de imágenes en un espacio que quiere ser novedoso. Una sala de espejos con la proyección de imágenes de Banksy, letras grandes y llamativas; otra pantalla que proyecta imágenes en lo que es un simulacro de un vagón de metro; una pantalla con la silueta de un ratón que recuerda a Micky Mouse que nuevamente proyecta imágenes intercaladas con luces y letras grandes y coloridas. Instalaciones que dan la idea de hacer participar al público pero que en realidad no son nada más que proyecciones en pantallas de formas atípicas, la verdadera participación del público queda reservada para la tienda de regalos. 

Otro de los puntos ya bastante criticados de la muestra es el hecho que esta se venda como una exposición de Banksy siendo que no cuenta con el permiso del artista, el cuál de hecho en su página web se ha mostrado siempre contrario a que se realicen exposiciones pagadas de sus obras*. La exposición se basa en la puesta en escena de reproducciones de una calidad cuestionable, simples impresiones en algunos casos de obras sobre las que quiénes montaron este espectáculo no tienen ningún derecho material, mucho menos artístico. Así, la experiencia de asistir a la exposición parece todo el tiempo una broma de mal gusto, la crítica social de la obra de Banksy envasada y vendida a un alto precio para el enriquecimiento de quienes montaron la muestra. Gracias a esto, da todo el tiempo la idea de estar —siguiendo con la idea económica que parece ser lo que motiva y hace posible la expo— dentro de una estafa. No porque apenas hay originales del artista, sino que todo está montado tan pobremente que no existe una continuidad posible: los carteles informativos bajo las obras las sobre explican, coronado a su vez con la cúlmine de la contradicción:  todo unos metros después de ver una obra titulada “Morons” (Idiotas) que critica el mercado del arte asistimos —obligatoriamente ya que está colocada en la salida— a una tienda de regalos, donde el morbo me poseyó y tuve que preguntar por el valor de un jockey negro con un diminuto logo de la exposición: veinte mil pesos. Como se lee en la obra citada antes: No puedo creer que ustedes, idiotas, realmente compren esta mierda.Lo que consiguió “The Art of Banksy” fue que refunfuñara contra el artista anónimo en mi caminata hacia el metro. Si, en palabras de quiénes montaron esto se pretendía homenajear a Banksy, el resultado es justo lo contrario. Aunque para ser justos es evidente que mi enojo estaba mal dirigido, quien interviniera las calles con sus stencils no tiene la culpa que un grupo de gente inescrupulosa tomara sus obras para despojarlas de su valor artístico y político con el fin de vender entradas y merchandaisin. Mi recomendación es a no ser parte de esa farsa, pasar unas horas en Google buscando imágenes de Banksy probablemente resulte en una experiencia estética igual o más enriquecedora, y harto más barata. Al final, la exposición sobre todas las cosas es una muestra más de cómo el mercado consigue capitalizar hasta las expresiones que —en teoría— son contrarias a él, si en algún momento Banksy muestra la cara podrán estamparla en todo como la silueta del Che.

* En el siguiente enlace se ven algunas exposiciones alrededor del mundo agrupadas bajo la categoría de FAKE. https://banksy.co.uk/shows.html

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