Sin agua o la épica de lo cotidiano

Rocío Abarzúa

Frank Herbert escribió los tres libros que componen el primer volumen de Dune hace sesenta años. En estas seis décadas mucho se ha hablado, escrito y reflexionado sobre la emblemática obra. Hoy quiero mirarla desde el lente de la actualidad de nuestro país a través de dos libros de editoriales nacionales que, novedosamente, se meten de lleno en un terreno distópico, pero chileno distópico, reconocible, familiar, posible para quienes habitamos esta larga franja de tierra.

«Febrero. Por la ventana se cuela el amarillo de la luna llena. El calor y Mónica siguen igual: pesados y quietos. Los termómetros no bajan de los 42 grados. El ventilador de la pieza se echó a perder y, como en las tiendas se agotaron, Pastora no ha podido comprar uno nuevo. A falta de aire se pasa moviendo el abanico alrededor de su señora. Confía en que eso bastará para que ni su jefa ni ella se fundan con el clima.»

Detalle de lomos.

Lo que tienen en común Islas de calor (La pollera, 2022), de donde proviene este fragmento, La Oficina del Agua (Alquimia, 2021) y Dune es lo mismo que nos concierne a todos los habitantes del planeta en la actualidad, y particularmente, a los de esta franja larga de tierra, porque además de larga, se está quedando seca: la ausencia o escasez apremiante de agua es innegable. Durante los últimos meses, en especial, con el debate constitucional en nuestro país, se ha discutido ampliamente el derecho de aguas y su legislación. Los mundos de Herbert, Malu Furche –Islas de calor– y Simón Ergas –La Oficina del Agua– comparten prácticas que hablan de una imaginación colectiva en torno a la escasez hídrica: a nivel político, por ejemplo, los tres autores relatan, en distintos niveles, cómo se reparte la poca agua que hay. 

Ergas, en La Oficina del agua, nos introduce al Sujeto de Deuda Prieto, quién tarda poco menos de doscientas páginas en un periplo inigualable, épico, –yo me habría ido en múltiples puntos de la historia de esa oficina, me habría rendido, pensaba mientras leía, admirando la astucia de Prieto– en hacer un trámite para denunciar la falta de agua en su departamento. Esto en una oficina que se enrarece y se vuelve mundo y que representa en su extrañeza los sinsentidos e injusticias del mundo de afuera, ese que emula, y que para unos muchos es seco mientras que para otros pocos es mojado. Prieto se dirige a la Oficina del Agua para reportar que, pese a que su departamento y, por el olor que se siente al compartir los ascensores, también los de sus vecinos, carecen ya casi completamente de agua, un solo vecino tiene acceso casi ilimitado a ella. El descubrimiento lo saca de sus casillas y hacia el final de la historia nos enteramos de que el vecino pudo acceder a comprar derechos de agua; que, además, desvió una cañería a la mala hacia su casa; y que por esta mezcla de legalidad e ilegalidad puede cultivar flores para salir a vender en un Chile en que se desincentiva la tenencia de plantas, ni se diga de mascotas, para no malgastar el agua. 

El Chile de los relatos de Furche, por su parte, podría bien ser el mismo o uno previo, pero más o menos contemporáneo, al de Ergas. Uno anterior a la instauración de la burocrática y temida Oficina del Agua, pero en el que el recurso ya ha empezado a escasear dadas las altas temperaturas, una nueva constante. Vemos cómo el agua se convierte en ofrenda o en medio de pago; cómo se la puede obtener, por ejemplo, entrando a robar en las casas de los más acomodados; cómo las personas que tienen cargos importantes pueden acceder a obtener líquidos y alimentos que hidratan, como frutas o verduras, evitar los cortes de luz o trasladarse a ciudades más frescas. «Uno siempre debe mantener las herramientas de hacer política afiladas y listas. Poder y miedo – afiladas y listas» (p. 247), nos dice el Barón, uno de los evidentes villanos en Dune: si se gobierna a punta de miedo, represión y abusos en este mundo distópico, pero también en los Chiles distópicos de Ergas y Furche, está claro quién va a tener acceso a los recursos y quién no.

En Dune la visión de mundo es intergaláctica. En Arrakis, el planeta seco y desértico de las dunas que dan nombre al libro, el gobierno de turno habita un palacio con un paseo de palmeras que equivalen a la hidratación de cientos de hombres. Los Fremen, la nación del desierto, por su parte, recolecta agua con redes dispuestas en el aire para capturar y condensar la humedad; usa trajes especiales que reciclan la sudoración del cuerpo permitiéndoles reabsorber su agua; tienen sistemas para recapturar el agua de sus muertos, los velan sin llanto. El día se vuelve inhabitable, la noche se vuelve el nuevo día. “Vivir Así” de Islas de Calor nos lo ilustra con un albergue en pleno funcionamiento, en que todos los refugiados cumplen con distintas tareas, una noche con horarios ajustados, con clases para los niños. Hay toque de queda diurno, el sol es peligroso, los golpes de calor son una realidad constante. Los Fremen también viven de noche, el día es para ocultarse del sol y de los enemigos.

Surgen mitos: en “La viuda y la virgen” Furche plantea la historia de una señora que vive de la sanación, una suerte de profeta que, tras sobrevivir al eterno incendio que asola al Cerro San Cristóbal en ese Santiago medio apocalíptico, comienza a atender peregrinos a cambio de ofrendas. En “Atacama (o los que no vuelven)” una casa de pasado repudiable, un ex centro de torturas, cobra vida propia: se come a la gente, literalmente, pero eso le trae abundancia al bar que se atiende allí, el Atacama, aunque nadie sepa muy bien de dónde proviene. En Dune la religión cobra una importancia vital: se creen profecías, se buscan un salvador, se espera un Mesías que ayude a transformar el desierto en un lugar verde, habitable, algún día. Como plantea Herbert, «es bien sabido que la represión hace florecer la religión» (p.409). Quizás podríamos aumentar este espectro, reemplazar “represión” por “dificultad”. La vida se ha vuelto difícil, cada día se trata de sobrevivir: podría perfectamente decírnoslo el Sujeto de Deuda Prieto que casi solamente vive del agua que sale de su nariz por su eterna y crónica sinusitis.

Ergas y Herbert plantean también la cuestión del llanto, saliendo ya de terreno social y entrando a cómo puede cambiar la corporalidad individual en estos mundos calurosos. Como se menciona más arriba, en Dune, para la cultura desértica, las lágrimas no existen: los niños lloran al nacer y eventualmente dejan de hacerlo por cultura, pero también por el bajo porcentaje de agua de sus cuerpos. Se volvió un asunto biológico. En La Oficina del Agua, el Sujeto de Deuda Prieto escucha una reunión de peces gordos –literales y metafóricos– que definen nuevas políticas hídricas: en torno a las mascotas y plantas, no tenerlas más, pero que también prohíben bañarse y llorar, por ser un derroche de agua.

Tanto en Islas de Calor como en La Oficina del Agua observamos a personajes que acaban de ser golpeados por el nuevo mundo, que vivieron con agua y ahora viven sin ella, que están en transición. En Dune, en cambio, el planeta seco ha sido siempre así, por lo que quienes lo habitan muestran una adaptación prácticamente completa a la vida en el desierto –sin que esto signifique que sea una vida fácil–. La tecnología de los Fremen es una que Pastora y Mónica, Natalia y su padre, Prieto, su madre y su papá-tata, desearían tener. Pero no se ha desarrollado todavía. Una vez alguien me dijo que el apocalipsis no era real, o más bien que sí era real, pero no significaba el fin del mundo, sino una transición a un mundo diferente. El mundo de metal, por ejemplo, me dijeron. Fue hace tiempo y aún lo recuerdo porque me asusta. Temo que el planeta desértico y su tecnología de la sobrevivencia esté dentro de las posibilidades plausibles de futuro, que Arrakis sea, de alguna manera, realmente el futuro de la Tierra.

Ergas y Furche denuncian, queriendo o sin querer, aunque se percibe una consciencia activa, la actual y apremiante situación hídrica de nuestro país, de nuestro planeta. Son libros contemporáneos, que se sitúan en un hoy que largos años de sequía vienen pavimentando; un hoy en que se ha hablado de racionamiento, de quiénes son los que tienen acceso a los caudales hídricos y quiénes no, de cómo crear un marco jurídico que resguarde el acceso al agua para todos y que evite la explotación del recurso a mano de unos pocos. Los habitantes de Arrakis se morirían de envidia si vieran la inacabable costa chilena, los glaciares en el extremo sur, la capa ondulante de la cordillera que alimenta ríos y caudales. El Sujeto de Deuda Prieto, sin embargo, los corregiría rápidamente: «La fila apuntaba a una caja pagadora para comprar algunos litros de agua por segundo de existencia. (…) Haría la cola, compraría lo que le correspondía. ¿Solo eso? ¿Después tendría agua para siempre? ¿La próxima vez le exigirían pagarle al sol por su calor?».

El tono de denuncia se refuerza por la presencia de una resistencia activa en ambos títulos. Por un lado, Prieto tiene una especie de némesis: su madre. Él, funcionario público, comienza su trámite creyendo fervientemente en la burocracia, mientras que ella es una mujer activista y que prefiere movilizarse; que, como él describe: «en vez de haber ejecutado los trámites correctos, ella habría interrumpido la puerta giratoria con palos y hubiera elevado gritos exigiendo una solución inmediata. Inmediata e irregular.» A medida que avanza la historia, sin embargo, vemos como Prieto absorbe o asimila el espíritu luchador de la madre y lo incorpora: no va a comprar los derechos de agua ofrecidos, va a combatir el monstruo de la burocracia y a los peces gordos que lo utilizan como pantalla para sus abusos: desenmascara a los verdaderos villanos de la historia. El marco legal en este mundo es uno que no nos gusta, que querríamos cambiar, y en ello ya se refleja mucho de lo que está pasando en el Chile actual. En Islas de calor, en cambio, los personajes navegan un mundo sin ley, en que todo aún opera en el desorden del desconcierto, en lo nuevo de la situación, en la creencia de que el calor será temporal, seguro. En este espacio se dan pequeños gestos de resistencia: salvar a un perro callejero; albergar a los refugiados del calor en casa, darles de comer y beber; atender un bar para hacer comunidad, aguantar la represión policial y militar en patota; redistribuir los recursos disponibles. 

La ecología es un aspecto fundamental en el relato de Herbert y aquí viene un spoiler. El proyecto de los Fremen es reunir la suficiente agua como para alcanzar un nivel que permita reforestar el planeta, iniciar un ciclo de verde que se vuelva autosustentable. Es un sueño a largo plazo, a muy largo plazo, pero al cual los habitantes del desierto aspiran con disciplina. Podrían, fácilmente, caer en la corrupción, consumir el agua hasta ahora obtenida, abandonar el sueño por una sobrevivencia presente, temporal, más cómoda; pero esto no sucede, al menos no en el primer tomo de la historia. Esto me conmueve y me sorprende a partes iguales. “Recuerden que trabajamos juntos. De esa forma estamos seguros. Trabajamos juntos, ¿eh?” (p.435), dice un líder del desierto y captura el espíritu de su nación. No sé si en los tiempos de Herbert se hablaba de calentamiento global, de escasez hídrica, pero la lección que nos deja es válida para hoy, para tiempos en que esto sí es un verdadero problema y uno que hay que enfrentar y dejar de evadir, aplazar, ningunear; la lección es la misma que plantean Ergas y Furche, de alguna manera, en mundos en que la utopía colaborativa se vuelve una realidad, empujada por la necesidad. Si vamos a sobrevivir, como sabemos en la cabeza, pero no todavía en el cuerpo, va a ser juntos. Acoplando espíritus, fuerzas, manos. De manera activa, movilizándonos. Cuidándonos. 

Si el aire que respiramos fuera almacenable, si se le pudiera separar de las narices y bocas que lo inhalan, si fuera escaso o más escaso, ya se habría convertido en un bien comercializable. De alguna manera esto sí ocurre, si hablamos de la calidad del aire qué respiramos y quién lo respira, pero no me voy a detener en esto. El agua, a diferencia del oxígeno que nutre la atmósfera, no es infinita. E inevitablemente, como podemos observar en la actualidad, y como podemos leer en estos tres relatos, es susceptible de ser un recurso explotado, mercantilizado, apropiado. De Ergas podemos leer que esta injusticia, inequidad, se puede, se debe, denunciar. Su narrador nos invita a no ser complacientes, a buscar inspiración, a alinear el espíritu con los ideales. De Furche podemos leer que, si la injusticia es la nueva ley quedan, todavía, espacios de resistencia en lo colectivo, en la colaboración, en la comunidad. De Herbert podemos retener múltiples lecturas enriquecedoras, muchas de las cuáles ni siquiera hablé en este texto, pero me quedo con la resistencia conjunta, el sueño compartido, su materialización. En salir de la mirada cortoplacista y fijarse metas grandes, imposibles; en trabajarlas, hacerlas posibles. En aguantar la épica de lo cotidiano a cambio de un futuro mejor ya no para nosotros, sino para los que vendrán después.

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