«La literatura no es el tema, sino lo que el lenguaje hace con el tema»: Entrevista a Fernanda Trías sobre La ciudad invencible y «En nombre propio»

Rocío Abarzúa y Gabriela Alburquenque

En La ciudad invencible (2013; Banda Propia Editoras, 2022) leemos un reverso del Buenos Aires del 2012 que conoció Fernanda Trías en su estadía allí. Un reverso que tiene la huella de la violencia, del miedo, y que está marcado por el punto de vista particular de la protagonista de la novela, como lo están las historias que se cuentan en primera persona. Con una prosa que acostumbra a merodear los asuntos, que repasa sobre todo en los quiénes y los dónde de la ciudad; capaz de hacer del relato de la violencia una esquina en la constelación de los relatos amorosos, la novela nos presenta a una mujer acostumbrada a mirar los techos de la ciudad por no querer abandonar el adentro, la casa, la terraza. Una mujer que habita y cuenta una ciudad que quiere hacer suya como un modo de resistirse a ese miedo, a esa violencia nombrándola, contorneándola, recorriéndola. 

Muchas de las preguntas que surgen al leer La ciudad invencible se responden con el ensayo “En nombre propio” –incluido en esta última edición–, en el cual Trías relata la trastienda de la escritura de la novela y “pasa revista de las representaciones literarias de la violencia de género para mostrarnos cómo el campo literario se hizo cargo de acallar lo que los textos gritaban a voces”, reflexionando sobre la violencia de género en la literatura latinoamericana, como comentó la crítica literaria Lorena Amaro hace un tiempo. 

“Escribir fue un acto de resistencia, y el primer ladrillo hacia la reconstrucción” nos dice Fernanda Trías. Escribir es un acto de resistencia y un ladrillo en alguna construcción, en alguna parte, siempre. A pesar de la distancia temporal entre ambos textos, esa resistencia, esos ladrillos, siguen construyendo una ciudad posible donde las escritoras tengan un nombre propio y donde la violencia sea nombrada.  

Sobre la edición que comentamos, algo que nos interesa a primeras es la inclusión del ensayo “En nombre propio”, el cual hace que la novela tome una ruta desde la ficción a secas, que es como la presentabas en 2013, hacia aquello que enuncias como “una cartografía de la historia personal, porque lo que hace a los lugares es la memoria asociada a ellos”. Antes de escribir dices que te preguntabas “¿Cómo apropiarme de mi historia?, ¿cómo nombrarla, y, en ese mismo acto, nombrarme a mí misma, sin sentir que me apoyaba en el escándalo?”. Y es que no se trata de cualquier historia o cualquier cartografía, sino de una que llevaba la huella de la violencia y, por eso, en un primer momento, recubres el libro con el velo de la ficción, de la novela, considerando que poner el nombre propio, ahí, podía ser reducido a la violencia como mero escándalo. Hoy, pasados casi diez años de su publicación en 2013, ¿cómo lees La ciudad invencible? ¿En qué género o escaparate de la literatura lo ubicas? ¿Estamos frente a una autoficción o, más bien, se trata de un relato que utiliza estrategias de la novela –como la narradora– para, como dices, apropiarte de la historia al conjurarla?

La ciudad invencible entra dentro de esa categoría de “literatura del yo” tan denostada en este momento. Este libro es el único que he escrito a partir de materiales personales, y probablemente lo hice porque nació como un encargo. Es probable que nunca hubiera escrito este texto sin esa invitación de Lina Meruane. Sin embargo, en cuanto empecé a escribir entendí que no era un “simple encargo” (entendido como un texto que no será tan inspirado como aquel que nace de la necesidad espontánea), sino que se trataba de un texto que yo tenía atorado adentro. Escribir La ciudad invencible fue el primer paso hacia la sanación, digámoslo así, porque fue el primer paso hacia ese acto de nombrar, aunque estuviera camuflado detrás de la palabra “novela”. Es autoficción porque, a pesar de ser mayormente autobiográfica, me permito ciertas licencias necesarias. ¿De qué tipo? Bueno, ninguno de nosotros somos Funes el Memorioso, no podríamos afirmar que tal amigo dijo tal cosa con esas palabras exactas, o tal vez hay un personaje que quise enmascarar para proteger su intimidad y le cambié algunas cosas para que no fuera fácilmente identificable. Ese tipo de cosas. Pero hay una ética que yo respeto del pacto autobiográfico, porque no cambio hechos ni datos. Como dice Bellatin, soy fiel al alma de los hechos. 

Con respecto al hecho de que la autoficción, que Diamela Eltit llama “literatura selfie”, esté denostada en este momento: en los últimos diez años el mercado se saturó de este tipo de narraciones, y algunas se sienten más necesarias que otras, algunas trabajan con los materiales personales pero al mismo tiempo arriesgan algo a nivel del lenguaje y de la forma, mientras que otras se quedan más en el plano de la anécdota. Eso no es algo que debería preocuparnos, porque pasa con la ficción y con todos los géneros: hay libros mejores y peores. En 2012, cuando escribí La ciudad invencible, pocas estaban escribiendo sobre temas tan íntimos en primera persona. En los últimos años las escritoras nos hemos ido apropiando de ciertos temas, antes considerados no literarios, a partir de este trabajo con nuestra propia historia. Por eso lo considero un fenómeno valioso.  

En el ensayo cuentas que en 2012 acababas de llegar a Nueva York para empezar una maestría y Lina Meruane te invitó a publicar una crónica sobre la ciudad de Buenos Aires, en la que tú habías vivido, para la colección Destinos Cruzados de Bruta Editoras. Entonces reflexionas que se trató de “una invitación inofensiva, que me llevaría a enfrentar aquello de lo que más temía hablar, y luego se revelaría como el texto que más necesitaba escribir”. Respecto a la escritura como una necesidad, como un discurso en el que poner la experiencia vivida y decirla, nos preguntamos ¿cuándo empiezas a fijarte en el nombrar, en la importancia de ponerle nombre a las cosas? ¿Qué pasa cuando esa escritura de la violencia se colectiviza e ingresa, por ejemplo, la posibilidad de rastrear una genealogía de la violencia en la literatura?

Probablemente me di cuenta durante la escritura misma de La ciudad invencible, porque allí me encontré con esos vacíos literarios, con la falta de referentes y con la sensación de que estaba hablando “sola” en el contexto de mi generación. Me ponía nerviosa escribir sobre un tema que todo el mundo iba a considerar pedestre, y me preocupaba cómo trabajarlo sin caer en la autoconmiseración. Por eso la importancia de lo que no se nombra. Al mismo tiempo, al reflexionar sobre cómo nombrar las cosas también estaba hablando de eso otro que no tenía nombre y al que había que buscarle uno, construirle uno. La tradición o genealogía es importante porque es sobre ella que seguimos escribiendo y es con ella que estamos dialogando. El eco se genera porque hay una pared contra la que rebota la onda sonora.

Algo similar me pasó cuando empecé a escribir, de adolescente, y descubrí que en la biblioteca de mi padre y en muchas bibliotecas de amigos no había libros de escritoras mujeres. ¿Cómo iba a imaginarme yo que era posible escribir y publicar siendo mujer? Luego, cada vez que encontraba una autora, la sentía como una excepción a la regla que evidentemente me demostraba que era muy difícil, algo excepcional. Había que ser Virginia Woolf o Flannery O’Connor para que el mundo te habilitara a publicar. Si había contemporáneas, nadie las nombraba. Buscar a esas autoras, principalmente latinoamericanas, implicaba hacer un esfuerzo consciente de arqueología. Y cada una era un tesoro: Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Cristina Peri Rossi… Hoy, las chicas que quieren escribir van a encontrar las librerías llenas de autoras, antiguas y vivas, y también van a encontrar que otras ya han tratado ciertos temas antes considerados “de mujeres”, y con ellas podrán seguir dialogando desde sus textos. Así, lentamente, se va construyendo una tradición.

“Nombrar es el comienzo. 

Nombrar es reclamar para sí, apropiarse. 

Estamos hablando, estamos escribiendo para construir un mundo más espacioso donde nuestro testimonio sea creído, no increíble, donde ser escritora no sea un sueño disparatado y donde las mujeres tengamos un nombre propio”. 

Esta cita, que primero la escuchamos en tu voz –con el ensayo inédito y sin publicar en la Cátedra Roberto Bolaño–, nos remeció tanto que nos vimos conjurándola a diario. “Nombrar es el comienzo” se volvió casi un mantra tras haberte escuchado. Era una invitación, un llamado a utilizar el lenguaje, a hablar, a escribir, a gritar, a utilizar la palabra con un fin desestabilizador para dar cuerpo y voz a nuestras experiencias de violencia. Esto, que está tan ineludiblemente relacionado a los feminismos como a las literaturas, también es un llamado no solo a contarnos, sino a leernos así: creíbles y no increíbles. Creer nuestras experiencias, nuestras voces, nuestros miedos. ¿Piensas que es necesario mover el velo de la ficción y lo real al enfrentarnos a estas literaturas? Respecto a lo mismo, ¿crees que las temáticas de violencias –en este caso de género y sexual– ocupan un escaparate en las literaturas que está relacionado directamente con las capas de la realidad que las invisibilizan? ¿Qué es lo que se disputa cuando nombramos la violencia de género y sexual, y todo lo que la rodea? 

Por eso les decía más arriba que hay que mirar mejor el fenómeno de las “literaturas del yo” y no descalificarlo tan rápidamente como algo fácil y cansón. Porque no es fácil hablar. No es fácil que nosotras, que siempre estuvimos avergonzadas, calladas y con miedo, escribamos sobre estos temas en primera persona: la maternidad, el parto, el cuerpo, las violencias. Es el comienzo de algo. Se necesita valentía y honestidad. Un libro como Las malas, por ejemplo… se nota que era un testimonio que le quemaba la lengua a la autora. Pero lo que observo actualmente es una necesidad de nombrar, de decir: “Yo también” (me too). En esa afirmación hay un empoderamiento y no es coincidencia que este tipo de narraciones haya proliferado al mismo tiempo que la nueva ola feminista. Tal vez sea tan necesario escribir desde el yo porque aún no hemos llegado a ese punto en que una mujer puede contar su experiencia y ser creída. Tal vez de ahí nace la reticencia a la ficción. Pero es importante recordar que en la mayoría de los casos la ficción tiene un núcleo, si no autobiográfico, sí muy personal e íntimo. No es que lo autobiográfico sea honesto y la ficción sea mentira. 

Lo que pasa es que, en la medida en que cada vez hay más narraciones personales que tocan estos temas, empieza a volverse más difícil hacer o decir algo distinto, y ahí es cuando volvemos a que lo más importante es el “cómo”. Cómo se cuenta, cómo se aborda el tema desde lo formal. Porque la literatura no es el tema, sino lo que el lenguaje hace con el tema.

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